Las palabras son armas poderosas: llegan a tener infinitos significados dependiendo del tono, de la persona, del idioma, del lugar, del receptor, del emisor, de la razón, de los sentimientos, de la forma de pensar… En las palabras se esconde hasta el más oscuro de los secretos, el mejor guardo esta detrás de una frase, de un párrafo, de un monosílabo, de un No, de un Sí… Sólo que debemos estar atentos, prestarle atención a cada movimiento, a cada reacción que las acompaña para descubrir cuál es la verdadera intención, el verdadero pensamiento. Las palabras pueden constituir una zarta de boludeses que busca confundirnos, hipnotizarnos, desarmarnos para que alguien se aproveche de nosotros, de nuestra mente mareada en un océano en medio de una tempestad. O las palabras pueden levantar los castillos más grandes y fuertes, formar los cristales más brillantes, declarar los sentimientos más dulces y profundos, mostrarnos el mundo de una manera diferente a la diaria y a la vez maravillosa.
Las palabras pueden sanar, aconsejar, herir, derrumbar, lastimar, animar, resignar, perdonar, olvidar, arriesgar, matar, revivir…







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